FLORES DE BUGAMBILIA

Nenúfares en el Septentrión
Por Ana Juárez Hernández

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Ana Juárez Hernández

Su rostro fue el espejo en que de niña tantas veces me busqué. Ella me enseñó a cocinar, no lo dijo pero de ese modo me enseñó a ser independiente. Soñó muchas cosas y sigue soñando porque siente mucho.

Contemporánea de Montserrat Caballé y Nina Simone, nació el 2 de abril de 1933. Ese año era presidente en México Abelardo Rodríguez, en Estados Unidos comenzaron a construir el Golden Gate, García Lorca estrenó “Bodas de sangre”, Rivera pintó “El hombre en el cruce de caminos”, y el partido nazi ganó las elecciones en Alemania.

Conozco su infancia como si fuera propia, me la ha contado infinitas veces –y no me canso de escucharla-; un padre al que adoró, una madre a la que quiso con devoción. Tres hermanos. Muchos pretendientes, amigas y vecinas. Puedo imaginármela en su pubertad como una muchacha preciosa que iba por la calle sonriéndole al mundo.

El amor de su vida estuvo cerca desde que era pequeña, pero le entregó su futuro un 29 de noviembre de 1950, antes de subir al tren que la alejaría definitivamente de la tierra que la vio nacer, Zacatecas. Tenía diecisiete años.

Llena de ilusiones se enfrentó al norte tamaulipeco, amó y crió a sus hijos en una casa multifamiliar donde debía encargarse de alimentar a decenas y cumplir con lo esperado. Su hogar se volvió el sitio preferido de todos para comer, pasar la tarde y tomar el café, ¡cómo no! Al cerrar los ojos puedo oler el suave aroma del jabón en las sábanas, el agua en el suelo, las tortillas de harina en el comal, los muebles cubiertos por una suave capa de polvo de las parcelas. A todos atendía, y atendía con cariño, sé que nunca he sentido tanto cansancio como debió sentirlo ella al terminar aquellos días.

A fuerza de trabajo colectivo, las ariscas tierras fueron desmontadas y convertidas en campos de cultivo, el futuro se labró y era rojo como el sorgo. Décadas después, cambios tecnológicos y sociales le permitieron sentirse nuevamente confiada y –me cuenta-, fue así como volvió a descubrir su voz. Perdió a su esposo en 1999 y se alejó del norte.

Todos los días mira su fotografía, acaricia sus mejillas y luego la gira para que yo la vea, al tiempo que pregunta: “¿verda’ que era guapo?”. A él lo soñó una noche siendo muchacha, iba por ella para casarse; despertó y caminó por las calles del sueño mientras deseaba con el corazón que fuera verdad, se lo topó y estuvieron juntos desde entonces.

A veces pareciera que está en otro mundo, pero es la virtud-memoria, que le permite habitar recuerdos. Se va lejos y me habla de las gentes que quiso; el otro día me habló de la ropita que le hizo a mi mamá en sus primeros años, el gusto de peinarla y lo bonito que era cargarla. Hoy tiene tres hijos, diez nietos y cinco bisnietos, a quienes regala su sonrisa.

La miro acomodarse el cabello y me imagino a la muchacha del portarretratos, cortando las flores, poniéndose un tocado de bugambilias.

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