GRACIAS

Nenúfares en el Septentrión
Por Ana Juárez Hernández

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“Si quieres aprender, enseña.” –Cicerón.

¿Cómo hizo Sócrates, un griego nacido en el 469 a.C. para seguir siendo recordado en el año 2021? Ah es que era maestro… Ya lo dijo Rubén Alves, “enseñar es un ejercicio de eternidad”. Sócrates no escribió nada, sin embargo elegía cuidadosamente a los que habrían de ser sus alumnos y luego ponía el alma en su educación. Platón -probablemente el más célebre de sus pupilos- inmortalizó en sus escritos la aguda forma de diálogo que su maestro acostumbraba ejercer (por eso hoy podemos reconocerle en las esculturas y las estampitas de filósofos que venden en las papelerías).

Dicen que a Hipatia de Alejandría la seguía como un ejército su grupo de alumnos, que fascinados estudiaban sus cálculos tratando de entender las fórmulas que desarrollaba. Miguel Ángel, autor de obras artísticas que roban el aliento, pasaba horas admirando la técnica de su maestro Andrea del Verrocchio. Y hoy, en medio de una pandemia, pedagogos del mundo entero han dado el salto a las tecnologías, materializándose en la pantalla de la computadora, tablet o celular del alumno, todo sea porque el engranaje de la educación y el ritmo de vida de su educando no pare. La columna de hoy va dedicada a los maestros, esos que salvan vidas y le dan cuerda al mundo con su tenacidad, los de las cátedras que no se lleva el viento.

He tenido la fortuna de crecer rodeada de profesores, aprendí a corta edad que la responsabilidad de encender el fuego del conocimiento en los otros es grande; que las noches se convierten en día cuando hay que preparar material de clase y que no importan gestos y letras; los alumnos al centro son la fuerza para mover montañas en el maravilloso universo de las manzanas y los lápices.

Estoy segura de que echando la vista atrás podemos darnos cuenta de quién y cómo nos cambió la vida; la maestra que se empeñó en que aprendiéramos las tablas, el profesor que nos llevaba películas para ver en el auditorio o quien nos sacaba a pasear. Seguro nos tocaron varios cuyo recuerdo nos amarga, pero si aclaramos la mirada, nos percataremos de que muchas de las cosas que hacemos hoy -quizá hasta de las frases que escogemos- nos las enseñó un maestro.

Gracias a los maestros de primeras letras, porque tienen la habilidad de hablar varias lenguas y el superpoder de la paciencia. Gracias, maestros de primaria porque muchos sueños nacen en sus aulas. Dos veces gracias a los de secundaria, que aprenden a hacer malabares cuando sus alumnos comienzan la edad de la punzada. Infinitas gracias a los de media superior, porque a veces les toca el mar de vidas rotas y aprenden a soldar almas (a estos les debo muchas). Y a los muy queridos maestros universitarios, gracias de todo corazón porque su trabajo va más allá de formar, les toca también la tarea de convencer al alumno de que tiene la capacidad y la fuerza para salir al mundo.

La Historia, objeto y obra que encapsula el tiempo, nos ha servido para sentir que no se muere del todo; que la cadena de la obra humana se extiende y se extenderá indefinidamente, y es también eterna medicina para hacerle frente a la fatalidad de la vida. Estudiamos Historia para no sentirnos perdidos; para que las páginas del tiempo puedan acomodarse en el imaginario colectivo, para justificarnos en el mundo y porque en nuestras cadenas de ADN van incrustados nuestros ancestros.
Por eso va todo mi reconocimiento para mis maestros de licenciatura, grupo incansable que permanece al pie del cañón cuando los ánimos decaen, que defiende a capa y espada el lugar de la carrera en la Universidad. No es fácil hacerle entender a los otros que en el pasado están las vetas de un conocimiento inestimable; que los monumentos, los documentos y la memoria de las personas son tesoros que hay que proteger. A pesar de esto mis maestros consiguen hacerlo, prestan su mirada, dan herramientas para entender y además lo hacen con pasión.
A ellos doy las gracias por llevar sus temas al aula, fue así que pude ver cómo era enamorarse del Patrimonio y los pasajes de la Historia.
Gracias muy especialmente a mi mamá, mi primera maestra de Historia, de jardinería y de la vida. Gracias a mi papá por sus clases de todos los días, maestro literato y melómano. Gracias y un abrazo muy fuerte a los que están en el campo de batalla, especialmente a Lorena.

E-MAIL: [email protected]

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