EL LEGADO

Nenúfares en el Septentrión
Por Ana Juárez Hernández

20058

“Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar…” -Antonio Machado.

 

ANA JUÁREZ HERNÁNDEZ

Sentado en una esquina de la plaza Hidalgo, ahí enfrente de la Michoacana, se llevaba las manos a la cara, se restiraba la piel del rostro y luego liberaba la tensión, una y otra vez. Cada tanto apoyaba sus brazos en el suelo y dirigía una mirada al cielo -como para saber si seguía en la tierra- una lágrima ocasional se turnaba para escurrir por sus mejillas -que parecían de concreto- y exhalaba entonces dando la impresión de estar a punto de reponerse, colgarse la mochila y emprender el rumbo a casa. El mal que le aquejaba no era nuevo, tenía la misma edad que la humanidad; era la sensación de vacío, de no estar haciendo lo suficiente, la cansada espera por trascender el tiempo y la vida.

El hormigueo en sus manos era el mismo que alguna vez sintió Cézanne, Miguel Ángel, Simone de Beauvoir, Picasso o Elton John; y también el mismo que sienten a veces los transeúntes de las calles de Victoria, de Caracas o Madrid; esas ganas de hacer algo que cambie a la humanidad. Quería -anhelaba- la satisfacción de despertar sintiendo la tibieza del sol y decir: “la tarea está hecha, la cuota se cumplió; amaneció más justo, más amable, más grande el mundo”.

Es una fantasía muy bonita pero tramposa la de creer que se trasciende solo por “grandes” decisiones, por decisiones que involucran a millones; que podemos elegir cambiar el mundo igual que escogemos entre tomar té o café en el desayuno.

Parece que hay de pronto una pandemia de temor, de necesidad de mirar el legado y abonar con algo; nos dictan las aseguradoras, los motivadores financieros, las películas en Netflix y el vecino, que más vale que ese legado sea material y sustancioso, porque de lo contrario no cuenta, no pesa, no existe.

Y en este nuevo mundo material comenzamos a cuestionarnos qué vamos a legar, y antes de eso, qué vamos a poseer, qué produciremos, qué compraremos, qué haremos… Así, con un par de polainas bien cargadas de expectativas, vamos surcando el mundo.

Preguntan en las campañas de change.org animándonos a firmar por alguna causa: “¿ya pensaste qué vas a dejar?”; pero ¿y lo que ya dejamos? ¿dónde se apunta el legado semanal o el diario? ¿dónde va el legado de las pequeñas cosas? Sí, las pequeñas cosas que hacemos todos los días y que van sumándose para definirnos. Habría que pensar en ellas.

A menudo se escucha a la gente decir que se siente perdida, sin una brillante herencia o un proyecto innovador; a ellos quiero decirles que son el eterno proyecto, que cada corazón que tocan es una conquista tan grande como las de Alejandro Magno, que son -en su propia carrera- tan exitosos como Bill Gates. Que han de trascender la memoria, porque la mano que alzan para ayudar no la olvidará jamás quien esté del otro lado.

A ellos quiero decir que lo están haciendo bien; que sus valores, la sonrisa que esbozan cuando le atinan a la dirección, el gesto con el que agradecen el vuelto, la seguridad con que se desenvuelven en su trabajo o el valor que sacan para ir a buscar lo que quieren, aquel con el que le plantan cara a los que consideran injustos; esos, son el legado que llevan consigo revelado.

No hay un espectacular con esto escrito, ni lo anuncian en el inter de algún video de YouTube pero deben saberlo: lo que hacemos día con día cuenta. Las miradas, los saludos, los abrazos y todas las pequeñas acciones que realizamos (a veces de manera automática), formarán parte de nuestro legado; son la huella que dejamos en este mundo.

Y esa pequeña onda que brota al arrojar una piedrita en un estanque seguirá expandiéndose aún cuando ya no estemos aquí. Creo firmemente en las huellas de la bondad, en las huellas del carisma y la huellas que deja la vida cotidiana, “suma de instantes”-como decía Mario Benedetti-. Creo que vamos por esta vida haciendo caminos, solo que a veces nos cuesta ver el largo tramo que llevamos recorrido.

Basta con cerrar los ojos de vez en cuando y tratar de pensar en todos los elementos necesarios para que suceda algo, mirar a los actores detrás de cada movimiento, ¿son muchos, verdad? Esa es la maravilla de esta vida, que nos necesitamos, que somos piezas que encuentran sentido en medio de un todo.

Si “lo nuestro es pasar” como escribió Machado, pasemos seguros de que cada minuto, cada instante en que estamos aquí tenemos la oportunidad de vivir y sentir; de que la vida es eso y nuestro mayor legado es el amor, la fuerza, y la pasión con que hacemos las cosas. Quizá no nos esperan montañas por escalar, ni grandes océanos para doblegar en medio de tormentas nocturnas, pero la batalla está en vivir, vivir con el corazón en la mano.

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