HASTA ENCONTRARLA

Nenúfares en el Septentrión
Por Ana Juárez Hernández

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Se me acaba el tiempo, está por comenzar la conferencia y tengo que llegar al 22 Allende; camino apresuradamente, a ratos corro. Mis pies se acostumbraron ya a las banquetas irregulares y parece que cada vez que los apoyo, se amoldan a las pequeñas elevaciones y depresiones del concreto, adoquín o vitropiso que me encuentro en el camino.

Alcancé a saludar a la señora que vende dulces en el puente, me dijo que eran de los Tovar de la Mainero, del 10 Hinojosa, vi el pálido color del chilacayote, ¡ojalá mañana me lleve uno! Diez o quince pasos se los dediqué a la primera Colonia urbana de mi Victoria; sus ochenta y cuatro manzanas y más de cien años, me hicieron respirar hondo y pensar en la panadería Villegas, en el queso de Casas que venden en la carnicería San Marcos; las bugambilias, los framboyanes, y los gruesos y frescos muros de sillar de algunas de sus casas.

Atravesé el puente y como siempre, -sin importar el tiempo en contra-, me detuve a ver los árboles y las piedras bola con su capa de barro seco que aguardan las lluvias para perderse en las aguas. Porque es de pronto que ese tranquilo sendero de zacate y trompillo queda sumergido en la sonora corriente tras las precipitaciones del verano.

Pero no es la ocasión, a lo lejos se ve algún remanso de humedad que da refugio a las garzas, se escuchan las primaveras y mirándolo calmo, trato de imaginar lo que la gente cuenta, que se lo veía tan violento que un día decidieron exorcizarlo.

Llego al otro lado para continuar mi camino, puedo ver la Sierra Madre con su alfombra grisácea y su perfil que encanta; me parece un gigante que se empeña en abrazarnos mientras duerme. Tiene algunas de las elevaciones más pronunciadas de México y fue refugio los pobladores originarios. El otro día, ¡descubrí divertida que los expertos de la geología juegan entre sus faldas en busca de la huella del tiempo!

Una a una voy echando a mi colección de imágenes las construcciones más antiguas, aquellas a las que la pupila reacciona de manera singular. Negocios, casas- habitación, consultorios, permanecen como testigos de mil vidas. Debo decir que en su relativamente joven Historia, y debido a decisiones tanto gubernamentales como de particulares, Victoria ha perdido muchos edificios valiosos por sus características y antigüedad. Creo ahora que cada uno de los que prevalece, debería ser tratado como testigo protegido en esta ola de asaltos al pasado.

Si tengo suerte, puedo disfrutar de uno de los encantos de pasearse por Victoria: escuchar a su gente hablar de Historia. Los amigos conversando sobre el banco frente a la plaza del 8 y los problemas con la luz mientras construía el hotel; las mujeres con los niños rumbo a Tamatán recordando el trenecito. O algún revelador comentario sobre la gente de otros tiempos, en la ciudad donde todos conocen a alguien.

Llego al ex Asilo Vicentino. Al terminar, toca ver el sol meterse y dar lugar al mundo de sombras que se cuelgan de los árboles, los rincones y la noria del hoy Museo Regional de Historia de Tamaulipas. No falta el comentario sobre la época en que fue cuartel, el relato de los aparecidos y el orgulloso testimonio del rescate del edificio por parte de la ciudadanía.

Este es un cachito de mi Victoria, de mi Villa de Aguayo, que se inunda de Historia todos los días y no se percata. En sus calles y construcciones está el emblema de una sociedad que no para de cambiar, pero que conserva, -a través de la añoranza-un pedazo que la mantiene unida.

En las anécdotas que se escuchan dentro de las tienditas y tortillerías, sobrevive la Victoria de Siempre; en el eco de las casas más antiguas, en el suave murmullo de las hojas de los San Pedros cuando alguien se detiene a contemplarlos. En los negocios que rotulan sus productos al frente, en las caras de los vecinos que sacan sus mecedoras a las banquetas, en los adultos mayores montados en bicicleta y en el niño que dice sin titubear “soy de Victoria”, está guardada la esencia de mi ciudad.

En mi paseo encontré lo que tanto buscaba, aquella preciada reliquia tan difícil de hallar cuando no se tienen los lentes correctos, y es que se escurre a veces de los sentidos, pero cuando se descubre, da fortaleza y orgullo: la identidad.

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