EN VIDA

Nenúfares en el Septentrión
Por Ana Juárez Hernández

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La mañana estuvo lenta, nos explicaron el trabajo que debíamos entregar y apenas pudimos, nos apresuramos a bajar los escalones del edificio; no nos dimos cuenta de que nos veían mientras te decía adiós, pero cuando te fuiste me dijo Josué que no me preocupara, te vería el lunes. Sin embargo no recuerdo el lunes ni el martes, solo sé que tomamos caminos distintos y con estas líneas se agotó el número de palabras que nos tocaba.

Caminé como si mis pies me obligaran a alejarme de algo. Comenzó a calar el sol y yo hice como que era un disfrute extraviarse en los olvidos; la verdad es que te acababa de soltar y mis ojos lo supieron antes que mi cerebro, porque empezaron a llover nostalgias…

Hay personas que están junto a nosotros durante poco tiempo, pero eso les basta para tocarnos profundamente. Uno de esos amaneceres rojo y violeta que nos regaló abril, me puse a escribir el recuerdo que enuncio arriba y, si bien al principio me lamentaba porque la amistad se extinguió de manera fugaz, ahora creo que duró lo que tenía que durar.

A veces no comprendemos por qué pasan las cosas, nos frustramos, nos enojamos, queremos parar el mundo; nos parece injusto que no nos salgan los planes, que se marchiten demasiado pronto los días o las personas se vayan… Pero el tiempo nos hace llegar la minuta de la clase: era sencillamente, nuestro momento de aprender. ¡Cuántas maravillas nos hubiéramos perdido de resultar todo a nuestro modo! ¿Cuántos encuentros, fervientes discursos, escalofríos, abrazos -y consuelos- jamás hubieran tenido lugar?

Tengo la certeza de que la vida es la obra de teatro que creía Charles Chaplin y a pesar de ser una obra de locos, cada personaje dura en el escenario el tiempo justo para dar una lección al público. Y se intercambian papeles y turnos para que entre lágrimas y carcajadas, se vaya tejiendo la trama.

Es la vida una obra donde nadie sale invicto: el que no aprende, pierde. No está escrito en ningún reglamento pero el mayor compromiso en esta empresa es vivir, vivir con los ojos y el corazón abiertos, dándose, amándose, recibiendo la estocada de la lección diaria que hace falta para que nos cambie la mirada.

Parece sencillo, parece que es algo que se puede hacer en modo automático, pero resulta un poco más complicado: implica conectar el cerebro con el corazón y vencer el miedo para hacer todo aquello que sabemos necesario para el alma. Implica derrumbar las barreras que nos creamos y acercarnos a los otros con el pecho abierto, dispuestos a dejarles entrar.

¿Cuándo fue la última vez que le hablaste a tu amigo o amiga que atraviesa una enfermedad? ¿Cuánto llevas pensando en el mensaje con el que romperás el silencio en esa conversación que se quedó hasta abajo en el chat? ¿Todavía evitas a alguna persona porque no supiste qué contestar en el último encuentro? ¡Qué estás esperando!
Si esperas a reunir el coraje suficiente o que te cambie el estado de ánimo, déjame decirte que te estás perdiendo la mitad del viaje. Arriésgate, da la cara, busca, que la vida es eso, pedazos de emoción cristalizada. Que tus días lleven el regalo plural de los abrazos y las emociones, no repares en lamentos.

Sacúdete ya el letargo, no esperes la alineación de ningún astro, ve y habla, ve y ama, como dijo la tampiqueña Rabatté: “En vida”.

E-MAIL: [email protected]

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